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El día del ascenso
El
teléfono no paró de sonar durante toda la semana.
Todo el mundo le deseaba suerte. Todo el mundo quería vivir
de cerca aquel histórico 15 de junio, por muchos
kilómetros que hubiera de distancia entre Barcelona y
Gijón. Andreu no daba abasto. No era capaz de quedar bien
con todos los que le habían pedido una entrada porque era
"sencillamente imposible".
Intentó recolectar las máximas posibles, pero se
trataba de un bien caro y escaso. Por eso sólo pudo invitar
a sus padres, a su hermano y su cuñada y a sus amigos de
toda la vida, que se desvivieron por acompañarle en aquel
momento pese a que Andreu no participaba por otra incómoda
lesión muscular. Le costó encontrar plazas
hoteleras en la ciudad, invadida de sportinguistas de todo el mundo.
Reconoce Andreu que todavía no tenía arraigado
con fuerza el sentimiento rojiblanco y que es ahora cuando se da cuenta
de lo que significa el Sporting y todo lo que le rodea.
"Sólo con pensar en aquel trayecto por la playa de San
Lorenzo, se me pone la piel de gallina. Fue impresionante y no voy a
poder olvidarlo nunca. La gente entregada, en las aceras, en los
balcones, en todos los rincones veía gente emocionada,
agradecida". Se refiere a dos personas en concreto. Dos rostros, dos
gestos que lleva marcados en la memoria. Durante el recorrido
observó a una señora mayor, de más de
80 años, que admiraba con lágrimas en los ojos y
en los párpados a los héroes del ascenso.
Tenía las manos juntas, abrazadas a la altura del pecho y
sólo repetía una palabra: "Gracias". Unos metros
más adelante, cruzó la mirada con un
niño de unos doce años. Estaba al borde de la
acera. Casi pisando la raya blanca del paso de peatones. Camiseta del
Sporting, bufanda al cuello y lágrimas de felicidad plena,
de alegría ilimitada, de inocente juventud y sentimiento.
Andreu asumió el logro a medida que lo veía
reflejado en las personas que albergan desde la cuna el incurable
espíritu sportinguista.
Amdreu no pudo dar continuidad a un primer año marcado por
la regularidad y el criterio en el juego. Las lesiones musculares
lastraron su temporada. En Vitoria jugó sus
últimos minutos del curso, ya que volvió a
resentirse de las molestias y se perdió los tres
últimos partidos de Liga. Viajó a
Castellón para estar presente en el posible ascenso y
vivió desde la grada, justo detrás del banquillo
de Preciado, los momentos más dramáticos de su
carrera deportiva. Hasta que llegó la milagrosa noticia. En
un suspiro, los dos goles del Alavés acercaban al Sporting a
Primera. Fuera de sí, Andreu empezó a descender
por la grada, pisando las butacas y evitando seguidores locales hasta
llegar al terreno de juego para desatar la tensión
acumulada. Puños apretados y una frase que
repetía a sus compañeros: "¡Ha
remontado el Alavés!". Andreu completó la fiesta
una semana más tarde. Reconoce que fue el día
más feliz de su carrera deportiva. Lo asegura con calma,
sosegado. Quizá influido por una frase que durante el
año le repitió "más de mil veces" su
principal valedor, Emilio de Dios: "Estate tranquilo".


